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La locura exitista y el optimismo por lo que viene

Chacarita Juniors igualó en su partido frente a Douglas Haig de Pergamino. Aquí el comentario de César Damelio.

Que Chacarita no gane dispara todo tipo de críticas. Algunas justificadas y otras que superan el ingenio de cualquier mente superior. Otras, lamentablemente, forman parte de una violencia verbal asombrosa y difícil de aceptar.
Hemos llegado a tal nivel de exitismo que uno es culpable no solo de perder o empatar, sino también, de miles de cosas que no dependen de nuestra acción.
Pocos analizan el juego, porque en realidad, lo que importa (según cierta parcialidad) es el resultado. Lo que vale es el logro y no el tránsito. Llegar, lograrlo, sin importar como.
Se ha desvirtuado tanto el análisis de los partidos que no conseguir el resultado que se espera es consecuencia de la falta de actitud, apatía o amor a la camiseta de los jugadores.
Lo que se hizo bien o mal, la estrategia o las virtudes del rival, poco importa.

EL PARTIDO.

Douglas Haig “sacrifico” a Grazzini para que el enganche le tape los movimientos a Mellado. El eje, que mueve el juego de Chacarita, perdió protagonismo.
La zona media (Oroz-Mellado-Rivero) no tuvo la incidencia necesaria ni la cuota de participación que requiere esta idea futbolística. Aquí entonces, una de las claves por la que el equipo no prosperó en la cancha.
Douglas le cerró los caminos, anuló la zona de gestación funebrera y Chacarita no pudo generar el circuito futbolístico.
Los centrales (Re-Rosso) tuvieron libertad para trasladar el balón pero no consiguieron que el rival salga para crear superioridad numérica.
Ante ésta estrategia del rival, la movilidad para buscar espacios y posibles descargas o el pelotazo para superar líneas, eran las únicas alternativas posibles.
Esa falta de movilidad o frescura para ser receptor del pase del compañero y la poca conexión entre líneas produjo un juego a una misma velocidad que anticipaba intenciones.
El desmarque proporciona fluidez al balón. Pero el problema surge que al desmarcarse, el jugador teme no poder recomponerse y estar en el lugar que se le asigna para defender.
Este equipo sin embargo, perdió el miedo a arriesgar. Puede fallar, pero intenta siempre jugar y eso tiene un valor incalculable. Guste o no. Porque si no se arriesga, se pierde muy rápido la pelota y al perderla el rival te ataca.
El entrenador y su cuerpo técnico deberán hacer la autocrítica necesaria para mejorar los aspectos del juego que no logran funcionar.
Profundizar el método para que ese predominio (tenencia) sea enriquecido por las individualidades (jugadores) e intentar extender en el tiempo (lo que resta de torneo) una producción previsible con pocos altibajos.
Seguiremos soñando y confiando, de eso se trata.

Por César Damelio
@cesardamelio

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